Para disfrutar a Hugo Pratt en pantalla

Este domingo, los amantes de la historieta podrán asomarse a imágenes y facetas desconocidas del gran artista veneciano: incluso se lo ve rasgueando una chacarera.

Pratt amaba sacarse fotos, e incluso filmarse: eso hace que haya un enorme archivo gráfico.

Cuando Hugo Pratt habla en francés, parece un argentino hablándole a los franceses, no un veneciano. Basta escucharlo en Hugo Pratt: trazo a trazo, el documental que Film&Arts (Cablevisión 457, DirecTV 746, Telecentro 520/1086 y Movistar TV 611) emitirá este domingo 14 a las 19. El film del documentalista francés Thierry Thomas (quien tiene en su haber obras sobre otras figuras, como Marcel Proust o Roland Barthes) retoma algunas imágenes de archivo del célebre dibujante italiano y recurre a quienes lo conocieron y admiraron en vida: una de sus esposas, su última asistente, el editor de Casterman y un colega a la altura: nada menos que el argentino José Muñoz.

La vida de Pratt fue la de un aventurero y así le gustaba que lo vieran. En cierto sentido, construyó un personaje de sí mismo y –quizás- esa fue una de las cosas que más disfrutó de la Argentina durante los doce años que vivió en el país. Pudo ser (experimentarse a) él mismo plenamente y, a la vez, redondeó su formación gráfica, algo que hizo que Pratt fuera, justamente, Pratt.

 

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A lo largo de una hora de documental aparecen algunas perlitas, incluso para quienes admiran y conocen en profundidad la obra del creador del Corto Maltés. Por ejemplo, Pratt con una guitarra rasgueando brevemente una chacarera, un diálogo por lenguaje de señas, el contraste entre los verdes de sus acuarelas y el verde de las aguas venecianas, o pequeños detalles que ponían quisquilloso al artista, como dibujar trenes y aviones –se los delegaba a un ayudante-, que en su última etapa prefería no colorear para trabajar más rápido (su asistente de entonces muestra cómo lo hacía ella), cómo se chamuyaba a los editores para que le encargaran obra, o el por qué de la presencia recurrente de Etiopía en su vida y sus relatos.

También se ven destellos de algunas viñetas producidas para otros mercados y que aquí no llegaron, como las que produjo para Inglaterra y en las que se ve a un Pratt más asentado estilísticamente hablando (porque lo que se dice asentarse, él jamás).

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Thomas cuenta de su padre fascista –muerto durante la Segunda Guerra Mundial- y su madre ocultista, sobre sus lecturas de infancia y el impacto de Terry y los piratas, de Milton Caniff, al elegir su medio de expresión. Habla también de su paso por el Mato Grosso y de su lucha por mantener la propiedad de sus páginas.

Pero quizás lo más bello del documental es el modo en que quienes lo conocieron hablan de él. Su colorista, por ejemplo, lo describe como su trazo, por su intensidad, por decisión. Una de sus esposas dice de él que “se le notaba más la inteligencia cuando dibujaba”. Su editor, que después de leer La balada del mar salado entendió que nada sería igual y que, básicamente, crearon la revista Á suivre para albergarlo. Muñoz, en tanto, lo compara con Van Gogh y define “su dibujo es expresionista porque en él lo que estás representando te representa”.

Se habla poco, en cambio, de su colaboración con Héctor Germán Oesterheld. Se mencionan al Sargento Kirk (un western, uno de los géneros favoritos del italiano) y a Ernie Pike (una bélica), pero poco y nada se habla de cuánto influyó el guionista en cómo el dibujante aprendió a concebir relatos. Se atisba, apenas, cuando se menciona que con El Corto Maltés Pratt introduce la interioridad de los personajes, algo que justamente consolidó HGO entre las innovaciones formales en la historieta argentina a partir de El Eternauta.

Pratt amaba sacarse fotos, e incluso filmarse, y eso hace que haya un enorme archivo gráfico, momentos que lo pintan como personaje de cuerpo entero. Y aunque basta ver su obra para advertir que ese personaje no era una cáscara vacía, el documental tiene el buen tino de dejar hablar a su protagonista, no sólo a sus exégetas. Y en esas palabras, es el propio Pratt quien desestima una de las mayores preocupaciones de la época en que se consagró (décadas del ‘60/‘70), la del estatuto de “artista” de quien produce historietas. “Los historietistas que quieren ser llamados ‘artistas’ es porque no están seguros de la fuerza de la misma historieta”, sentencia. Y así traza, como siempre, una línea.

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