Crítica de Koi wa Ameagari no You ni, la dureza del madurar y la juventud perdida 4

Koi wa Ameagari no You ni, nombre impronunciable, es el anime que más me ha sorprendido gratamente en la temporada de invierno 2018, y una serie de las que se necesitan, una buena serie, de aquellas de las que a través de un romance se habla de las desventuras de la vida, de aquellas que a todos, o por lo menos la mayoría, les ocurren. En este caso hablan del amor y de la madurez, de la responsabilidad, del envejecer, del cambiar. Y debo decir que no creo que hubiese podido hacerse de manera más acertada.

En primer lugar aclarar que la historia, a pesar de poder parecer a primera instancia un simple romance, encaja más bien en el género slice of life y de hecho pertenece a la demografía seinen, aunque sus figuras anormalmente alargadas y estilizadas puedan recordarnos peligrosamente a las chicas mágicas de Sailor Moon. La sinopsis cuenta como Tachibana, una chica de 17 años que acaba de lesionarse dejando atrás su pasión por el atletismo, conoce un día al gerente de una cafetería del que se enamora locamente pasando a trabajar en la misma. El problema, y como no podía ser de otra forma, es que dicho gerente es un hombre divorciado de 45 años. Por todo lo dicho anteriormente la serie ha recibido numerosas quejas alegando que la serie era inapropiada o que ha sido engañosa por lo que vendían, y a esas personas no tengo más que decirles, sin entrar en spoilers, que no han entendido lo más mínimo al producto, porque todo ello que dicen es secundario para lo que realmente se quiere contar.

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Por otro lado, y contrariamente a lo que pudiese pensarse, que se trata de una historia típica de amor imposible, el desarrollo de la misma no va por esos lares. Tachibana, una protagonista bien construida y que cuenta con unos ovarios bien puestos sin ser una siesa o una tsundere como nos tienen acostumbrados luchará por hacerse un lugar en el corazón de Kondo, que irá sufriendo una transformación hacia un futuro más prometedor de lo que él mismo se había propuesto y que cuenta con una psicología muy bien trazada.

El tema que tratará la serie como central es en cómo la edad nos traiciona, nos afecta, nos moldea. Cómo esos años de juventud en los que te ibas a comer el mundo y todo iba a cambiar, esa ilusión inacabable que era el motor de tus acciones se consume, se acaba. Cómo acabas por olvidar esos sueños y objetivos, por inhibirte y no dejarte soñar de nuevo, porque ya eres mayor, porque todo es difícil, porque ya pasó tu momento, porque es imposible. Y simplemente te das la espalda a ti mismo, sigues andando hacia delante por la inercia, te conformas con esas pequeñas cosas que te hacen feliz. Kondo sufre este proceso por el que la mayoría pasamos, ha traicionado a sus sueños y ambiciones, a pasarlo bien en la manera en la que lo hacía en el pasado porque ya es mayor, porque no le corresponde, porque no debe. Ha perdido la ilusión.
Sin embargo, este torbellino de emociones efervescente en el que le ha obligado a meterse Tachibana hará que él se replantee la vida, se acuerde de ese joven inseguro lleno de planes de futuro y rebosante de vida que una vez fue y que no recuerda hace cuánto dejó atrás. Sentirá que quiere estar con Tachibana para recuperar esos sentimientos tan intensos que en ocasiones no entendía y que todas las veces le abrumaban, quiere volver a sentirse joven. Y esto es precisamente lo que le hace al mismo tiempo lo mismo y lo apuesto a Tachibana, como las dos caras de una misma moneda, que por otro lado cuenta con una juventud floreciente y un prometedor futuro como atleta por delante pero que sin embargo ella no sabe administrar porque carece de objetivos claros, está perdida, como todo joven lo está a su edad. Precisamente esta dicotomía entre los dos personajes principales hace que su desarrollo conjunto sea tan interesante, en el que sus intereses van cambiando y se van empujando mutuamente y al mismo tiempo, dándose lo que necesitan. Una serie que hace pensar y plantea el envejecer como algo precioso, un proceso lento y que aporta lo necesario a cada edad pero que sin embargo nos recuerda lo que debemos ser.

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Hablando en otro orden de cosas, la serie cuenta con un apartado técnico en lo absoluto despreciable, quitando la banda sonora, que como lastimosamente ocurre con la mayoría de los animes, ha pasado plenamente desapercibida y ni siquiera recuerdo muy bien cómo era. Como a lo que el estudio Wit nos tiene últimamente acostumbrados la adaptación cuenta con una animación sencilla pero bien hecha y unos decorados preciosos que se enmarcan con la especialidad del estudio: una ambientación que añaden una magia al anime difícilmente igualable teniendo en cuenta la perfecta complementación que tiene con la historia. Y aunque se hayan reutilizado algunas escenas calcadas en distintos episodios creo que en general se ha hecho bien, ya que en cualquier caso no es lo más importante de la serie si tomamos en consideración el tipo de trama que adapta. Quería hacer hincapié precisamente en la paleta de colores pasteles y vibrantes que se utilizan en la serie para crear distintas composiciones en consonancia con las miradas y que ponen en manifiesto los sentimientos de los personajes, lo que ha permitido hacer escenas verdaderamente memorables en las que la emoción estaba a flor de piel y todo aquello que quería sernos transmitido fluía a la perfección.

En conclusión, nos encontramos con la que es en mi opinión la mejor serie de la temporada, donde la comedia y el drama se aúnan a la perfección, como en la vida diaria harían, y nos abren el paso a través de un pesado telón una realidad que todos sufrimos o que todos hemos visto y que poco tienen que envidiar a las aventuras que se viven en una nave espacial o un portal mágico.

Fuente: Las cosas que nos hacen Felices

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